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El
ángel le dijo: "No temas, María, porque has hallado
gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a
luz a un hijo a quien pondrás por nombre Jesús (...)
Dijo María: "He aquí la esclava del Señor;
hágase en mí según tu palabra"... (Lc
1,26-37) |
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Volvieron
a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño crecía
y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y
la gracia de Dios estaba sobre él. (Lc 1,39-40) |
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Tres
días después se celebraba una boda en Caná
de Galilea y estaba allí la madre de Jesús. Fue invitado
también a la boda Jesús y sus discípulos. Y
no tenían vino, porque se había acabado (...). Dice
su madre a los sirvientes: "Haced lo que él os diga"...
(Jn 2,1-11) |
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María,
desde pequeño me han hablado de ti, de tu vocación,
de tu respuesta incondicional, de tu aceptación lúcida,
de tu fidelidad absoluta… Te confieso que te veía
muy lejana, casi inaccesible. Como el pintor novato que contempla
una obra maestra y piensa que nunca podrá imitar ni de
lejos.
Han tenido que pasar los años para que te redescubriera
a la luz de los evangelios, para que tomara conciencia de tu caminar
de fe, lleno de dudas, de misterios, de interrogantes. Y al mismo
tiempo rebosante de muchos “sí”
de tu parte. Y ahora sí, María, ahora sí
que te siento un modelo cercano o, mejor, una compañera
segura en mi caminar vocacional.
La primera intuición del sueño de Dios sobre ti
te llegó muy joven. Como a Marcelino; como a muchos de
nosotros. Y todo aconteció en la sencillez de tu vida:
escuchaste el mensaje que empezaba a resonar
en ti, y no lo ahogaste. Lo acogiste. Empezaste
a sentir que Dios te llamaba a algo que sobrepasaba tu comprensión
y tus fuerzas.
Surgieron dudas, te turbaste. Objetaste: ¿Cómo
puede ser eso si yo…? Era un primer
momento. Dios no te ofrecía la claridad de la meta hacia
donde te quería llevar; pedía simplemente tu disponibilidad
para empezar un camino. Y lo que admiro en ti, María, es
que te fiaste de Él. No te pedía
que hicieras nada; simplemente que le dejaras actuar. Así
de sencillo y así de exigente.
El Espíritu vendrá
sobre ti…; déjale hacer. Te
fiaste, María, sin ver claro, sin pedir que te pusieran
todas las cartas sobre la mesa. Pensaste: si esto es cosa de Dios,
si él me quiere y me lo pide… ¡Hágase
en mí…! Tu respuesta tiene toda
la fuerza de la confianza absoluta, la del niño que se
lanza al vacío sabiendo que hay unas manos que lo van a
acoger. Es como la primera respuesta de san Marcelino, consciente
de sus limitaciones, que exclama: Acertaré
porque Dios lo quiere.
Te pusiste en camino, María, sin saber adónde te
iba a llevar ese primer sí. No le dijiste a Dios, como
Saulo, ¿Qué quieres
que haga? Tu respuesta fue un simple ¡Hágase!
Fue como decir: Yo me pongo en camino: el resto me lo irás
indicando tú. Y así fue, María. A partir
de tu primer sí, tu vida, tu vocación, se convirtieron
en un largo caminar lleno de sorpresas, de incertidumbres,
de desconciertos…
Resulta fácil a los teólogos interpretar los acontecimientos
a posteriori, y elaborar síntesis dogmáticas, y
ponerte “por las nubes”. Para ti era un gesto de fe
y de confianza. Te pusiste en camino. Y ahí,
en ese caminar histórico de mujer sencilla, resplandeces
con una gran fuerza. Caminabas e intentabas leer, interpretar,
discernir, lo que Dios te iba desvelando y pidiendo.
Camino montañoso a casa
de Isabel.
Camino expectante hacia Belén.
Camino duro hacia el exilio.
Camino sereno hacia Nazaret.
Camino obediente hacia el Templo.
Camino anhelante en busca del hijo perdido.
Camino atento de discípula tas las huellas del profeta
itinerante.
Camino alegre de Caná.
Camino doloroso hacia el Calvario.
Camino esperanzado hacia el Cenáculo…
Y, al caminar, observabas, discernías, intentabas comprender
que los caminos de Dios no son
nuestros caminos. Marcelino, intentando leer
los guiños de Dios en la cabecera del joven Montagne, es
un pequeño reflejo, de todos los que, como tú, nos
esforzamos por descubrir huellas de Dios en el camino.
María, no fue fácil descubrir y seguir tu vocación.
Seguían surgiendo dudas:
¿Por
qué mi hijo, el que sentará en el trono de David,
ha de nacer en la pobreza de un establo?
¿Por qué una espada deberá atravesar mi corazón?
¿Por qué mi hijo, desaparecido, nos tiene tres días
en vilo?
¿Por qué pasan los años monótonos
de Nazaret sin que haya nada que pueda ser un signo?
¿Por qué lo acusan, le difaman, le detienen?
¿Por qué debo soportar verlo morir colgado de una
cruz?...
Algo
muy íntimo debió intuir la primera tradición
cristiana cuando los evangelios te presentan como la que no entendía,
pero la que oraba, reflexionaba, rumiaba, ponderaba
los acontecimientos y las palabras en su corazón
de mujer, de esposa y de madre. Muchas veces, María, debiste
volver a tu primera experiencia y repetir: Hágase
en mí… Soy tu sierva. Moldéame
como arcilla. Lleva adelante tu plan sobre mí…
Tú educaste a Jesús, le cuidaste y le ayudaste a
crecer. Sabías que ésa era tu misión. Pero
Jesús también te fue educando a ti, te fue mostrando
poco a poco tu camino, te fue desvelando gradualmente
tu vocación, el sueño de Dios sobre ti:
- ¿Por qué me buscabais? ¿No sabías
que yo…?
- ¿Qué nos va a ti y a mí, mujer? No ha llegado
mi hora.
Palabras
que pueden parecer duras, pero que van abriendo horizontes insospechados
en tu vida. Eran una invitación a ir ensanchando tu vocación
de madre con una nueva dimensión: tu vocación de
discípula. Sientes que estás siendo llamada no sólo
a engendrar vida sino a compartir misión. No sabes hasta
dónde te va a llevar todo esto. ¡Hágase…!
- ¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?
- Mujer, ahí tienes a ti hijo
Un nuevo paso, María, y una nueva intuición vocacional
que se perfila. Dios te pide que sigas abriendo el corazón
con una disponibilidad cada vez mayor. Poco a poco vas intuyendo
y asumiendo que tu vocación no es sólo la de ser
madre de un hijo, sino madre del primogénito de muchos
hermanos…
María, me gustaría leer tu corazón durante
los largos días de espera en el Cenáculo. Seguro
que, a la luz de la Resurrección, empezaste a comprender
algo del intrincado laberinto de tu vida. Veías que las
piezas tan diversas del puzzle de tu vocación comenzaban
a encajar…
El Espíritu que estaba contigo desde aquel primer momento
de tu juventud, alentando tu caminar vocacional, vino entonces
sobre ti con toda su luz y con toda su fuerza. ¡Cuántas
veces hay que pasar por la dura prueba del dolor, de la crisis,
de la duda para que los ojos, limpios, puedan ver con claridad!
Tú lo sabes bien, Señor,
-decía san Marcelino.
El fuego de Pentecostés vino sobre ti, María. Y
tú lo acogiste con un nuevo ¡Hágase!,
disponible para una nueva etapa, dispuesta a acoger con ternura,
a apoyar la misión, a hacer comunidad… a ser madre
sin límites de tiempo ni de espacio.
Mucho le debiste enseñar a tu hijo Marcelino, que vio también,
a tu lado, cómo se dilataba su corazón de apóstol
abrazando el mundo entero... Y mucho nos enseñas
a nosotros que vemos en tu vocación de madre,
de caminante, de discípula, una estimulante pauta vocacional.
Gracias, María, ahora sí que te comprendo mejor;
realmente me fascinas. A la luz de tu caminar vocacional me
siento animado, querido, comprometido y acompañado.
Texto
elaborado por el H. José María Ferre.
De la provincia Ibérica, actualmente es misionero en Ghana.
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