Si
la página de la infancia de Moisés es una de las
más conocidas, la que narra su llamada es una de
las más importantes del libro del Éxodo.
Moisés, siguiendo a su rebaño, llega un día
al monte de Dios, el Horeb. En aquella soledad es donde Dios
le saldrá al encuentro para una revelación
trascendental que marcará su vida, y la vida de su pueblo,
Israel, En efecto, Dios le envía a salvar a sus hermanos
de la esclavitud.
El
hombre, ante una tarea tan grande y difícil, experimenta
miedo, se siente pequeño, incapaz, y presenta a Dios sus
limitaciones. Pero Dios le tranquiliza: «Yo
estaré contigo». La obra es
de Dios, él la ha comenzado, él la llevará
a término. La fe del hombre se entrelaza con esta
iniciativa divina. De este modo, llevará Dios
a cabo, con la cooperación humana, su gran designio de
salvación de Israel.
La
vocación, la llamada, por su naturaleza, parece que debería
ser la Palabra de Dios dirigida a un hombre y dicha de golpe,
con plena claridad. Sin embargo, hay personas, en las cuales esta
palabra se perfila con claridad sólo de modo progresivo.
Moisés es, sin duda, el prototipo de una vocación
de este estilo. Sólo después de muchas experiencias
llega por fin a comprender qué es lo que quiere Dios de
él.
Antes
de su encuentro con el Señor en el Horeb, Moisés
había pretendido usar sus propios medios para atajar la
opresión del pueblo. Pero su entusiasmo se desvanece en
seguida, su coraje se viene a tierra, sus proyectos están
destruidos. Moisés siente el desafío de una realidad
totalmente diversa a como la imaginaba. «Y huyó de
allí» (Ex 2,15). No se arriesga a afrontar los acontecimientos
reales o a soportar un fracaso inmediato; se siente incapaz de
reconocer la realidad que le rodea, se automargina. Por esto,
huye. Estamos
en el momento preciso del desafío y la sorpresa que la
vida depara a Moisés. Su vocación, unida a un momento
de prueba, él no ha sabido vencerla. Lo que esperaba de
sus métodos, de sus técnicas,
no se ha visto realizado; más bien ha sucedido todo lo
contrario. Todos sus sacrificios y esfuerzos son ridiculizados
por aquellos precisamente a quien él defendía arriesgando
su vida.
En
este contexto se produce la experiencia del encuentro con Dios
en el Horeb (ver textos a la izquierda).
Moisés
hasta ahora pensaba y actuaba como si él fuese el único
responsable de Israel, como si en exclusiva le correspondiese
le preocupación por su pueblo, como si solamente él
pudiese comprender a sus hermanos y los sufrimientos que padecían.
Por el contrario, ahora se da cuenta de que no es él
quien ha visto las penalidades de su pueblo, sino que más
bien es Dios el que ha visto al pueblo sumergido en el dolor.
Moisés descubre ahora, después de un largo período
de orgullo personal, de desilusión y de amargura, que la
iniciativa de salvación tiene su origen en Dios; que no
es él quien debe preocuparse por el pueblo, sino que es
Dios, en primer lugar, quien tiene en su corazón a sus
hijos. Moisés es sólo el instrumento de
las preocupaciones y de las prisas de Dios; de la realización
de su plan de salvación.
La
llamada de Dios, cuando se da dentro de una situación concreta
del pueblo, exige mucho y produce en el hombre una reacción
de miedo.
Esto
fue lo que sucedió con Moisés; él busca
huir de la misión que acaba de recibir y presenta
varias excusas:
1.
Se siente incapaz: "¿Quién soy yo?" (Ex
3,11). Piensa que no sirve para la misión que le encomienda
Dios.
2.
Fingió falta de conocimiento y dijo: "Ellos van a
preguntar por el Nombre de Dios, y entonces, ¿qué
voy a contestar? (Ex 3,13).
3.
En tercer lugar puso como pretexto la falta de fe de parte del
pueblo: "¡No me van a creer ni querrán escuchar
mi palabra, sino que dirán es mentira! (Ex 4,1).
4.
Insistió Moisés diciendo que no tenía facilidad
de palabra: "Yo no sé hablar correctamente" (Ex
4,10). Todos estos motivos y pretextos, en el fondo, escondían
el miedo de Moisés y su poca voluntad en comprometerse
de hecho. Cada vez, Dios le contesta. Y la respuesta de Dios deja
bien claro que no había motivo para tener miedo: "Yo
estaré contigo".
5.
Al final, Moisés habla claro y dice: "Por favor, Señor,
¿por qué no mandas a otro?" (Ex 4,13). O sea:
manda a quien quieras, ¡pero no a mí!
Dios
se enfada con Moisés y también habla claro: él
tiene que ir; no hay excusa que valga (Ex 4,14-17). Este
diálogo representa el camino largo y difícil por
el que la persona humana va descubriendo, poco a poco, a través
de la realidad, cuál es la voluntad de Dios para con ella.
Como Moisés, muchos hemos pasado por este camino doloroso
del descubrimiento de nuestra propia vocación.
El
nombre de Dios es Yavé
En
el diálogo, Dios aclara a Moisés el sentido de su
nombre, Yavé.
En
la primera respuesta a Moisés, Dios le dice: "Yo estoy
contigo!" (Ex 3,12). Esta certeza debería ser suficiente
para Moisés: ¡Dios está con él en su
misión liberadora! Pero no fue suficiente. Moisés
insiste en preguntar por su nombre. Y Dios le responde: "Yo
soy el que soy!" (Ex 3,14). Esta expresión, propia
del hebreo, retoma la expresión anterior: "Yo estoy
contigo!", reforzándola. Diciendo "Yo soy el
que soy", Dios afirma lo siguiente: "Moisés,
certísimamente estaré contigo. ¡De esto tú
no puedes dudar jamás! Esta es la gran seguridad que te
doy!".
En
seguida Dios añade: "Di al pueblo Yo soy me envía
a vosotros" (Ex 3,14). Aquí, Dios abrevió la
expresión. Y luego en seguida repite nuevamente: "Di
al pueblo Él me envía a vosotros". En hebreo
la expresión "Él es" es muy semejante
a Yavé. Así, el nombre "Yavé" es
explicado como una expresión de lo que Dios quiere ser
para con su pueblo: una presencia segura y garantizada en medio
de ellos para ayudarles a liberarse.
Dios
quiere ser YAVÉ para con su pueblo. Esto es, quiere ser
presencia liberadora. Y El dice: "Bajo este nombre
quiero ser invocado de generación en generación"
(Ex 3,15). A través de la historia del pueblo, tanto de
ayer como de hoy, Dios fue dando pruebas concretas de que es realmente
Yavé. La primera prueba fue la liberación de Egipto.
La última prueba está siendo dada hasta hoy: la
resurrección de Jesús, presente en las resurrecciones
del pueblo.