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Por esta sección irán desfilando diferentes personajes de la Biblia. No queremos hacer historia, sino acercarnos a la experiencia de Dios que han tenido y servirnos de ellos para iluminar nuestra vida de fe.

 
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MOISÉS
llamado para liberar al pueblo

 
           
 

Moisés pastoreaba el rebaño de Jetró, su suegro (...). Llegó al Horeb, el monte de Dios, y allí se le apareció un ángel del Señor, como una llama que ardía en medio de una zarza. Al fijarse, vio que la zarza estaba ardiendo, pero no se consumía. Moisés se dijo: "Voy a acercarme para contemplar esta maravillosa visión, y ver por qué no se consume la zarza". Cuando el Señor vio que se acercaba para mirar, lo llamó desde la zarza: "¡Moisés!, ¡Moisés!" Él respondió: "Aquí estoy". Dios le dijo: "No te acerques, quítate las sandalias , porque el lugar que pisas es sagrado" (Ex 3,1-5)

           
     
El Señor dijo a Moisés: "He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto, he oído el clamor que le arrancan sus opresores y conozco sus angustias. Voy a bajar para librarlo del poder de los egipcios. Lo sacaré de este país y lo llevaré a una tierra buena y espaciosa (...). Ve, pues, yo te envío al faraón para que saques de Egipto a mi pueblo". (Ex 3,7-10)
     
     
Moisés dijo a Dios: "Yo me presentaré a los israelitas y les diré: El Dios de vuestros antepasados me envía a vosotros. Pero si ellos me preguntan cuál es su nombre, ¿qué les responderé? Dios contestó a Moisés: "Yo soy el que soy. Explícaselo así a los israelitas: 'Yo soy' me envía a vosotros" (Ex 3,13-14)
 
Al acercarnos a la misión de Moisés, ¿cómo no tener presentes a la gran cantidad de personas que hoy en día siguen oprimidas, exiladas, refugiadas? ¿Qué llamadas percibimos?
 

Si la página de la infancia de Moisés es una de las más conocidas, la que narra su llamada es una de las más importantes del libro del Éxodo. Moisés, siguiendo a su rebaño, llega un día al monte de Dios, el Horeb. En aquella soledad es donde Dios le saldrá al encuentro para una revelación trascendental que marcará su vida, y la vida de su pueblo, Israel, En efecto, Dios le envía a salvar a sus hermanos de la esclavitud.

El hombre, ante una tarea tan grande y difícil, experimenta miedo, se siente pequeño, incapaz, y presenta a Dios sus limitaciones. Pero Dios le tranquiliza: «Yo estaré contigo». La obra es de Dios, él la ha comenzado, él la llevará a término. La fe del hombre se entrelaza con esta iniciativa divina. De este modo, llevará Dios a cabo, con la cooperación humana, su gran designio de salvación de Israel.

La vocación, la llamada, por su naturaleza, parece que debería ser la Palabra de Dios dirigida a un hombre y dicha de golpe, con plena claridad. Sin embargo, hay personas, en las cuales esta palabra se perfila con claridad sólo de modo progresivo. Moisés es, sin duda, el prototipo de una vocación de este estilo. Sólo después de muchas experiencias llega por fin a comprender qué es lo que quiere Dios de él.

Antes de su encuentro con el Señor en el Horeb, Moisés había pretendido usar sus propios medios para atajar la opresión del pueblo. Pero su entusiasmo se desvanece en seguida, su coraje se viene a tierra, sus proyectos están destruidos. Moisés siente el desafío de una realidad totalmente diversa a como la imaginaba. «Y huyó de allí» (Ex 2,15). No se arriesga a afrontar los acontecimientos reales o a soportar un fracaso inmediato; se siente incapaz de reconocer la realidad que le rodea, se automargina. Por esto, huye. Estamos en el momento preciso del desafío y la sorpresa que la vida depara a Moisés. Su vocación, unida a un momento de prueba, él no ha sabido vencerla. Lo que esperaba de sus métodos, de sus técnicas, no se ha visto realizado; más bien ha sucedido todo lo contrario. Todos sus sacrificios y esfuerzos son ridiculizados por aquellos precisamente a quien él defendía arriesgando su vida.

En este contexto se produce la experiencia del encuentro con Dios en el Horeb (ver textos a la izquierda).

Moisés hasta ahora pensaba y actuaba como si él fuese el único responsable de Israel, como si en exclusiva le correspondiese le preocupación por su pueblo, como si solamente él pudiese comprender a sus hermanos y los sufrimientos que padecían. Por el contrario, ahora se da cuenta de que no es él quien ha visto las penalidades de su pueblo, sino que más bien es Dios el que ha visto al pueblo sumergido en el dolor. Moisés descubre ahora, después de un largo período de orgullo personal, de desilusión y de amargura, que la iniciativa de salvación tiene su origen en Dios; que no es él quien debe preocuparse por el pueblo, sino que es Dios, en primer lugar, quien tiene en su corazón a sus hijos. Moisés es sólo el instrumento de las preocupaciones y de las prisas de Dios; de la realización de su plan de salvación.

La llamada de Dios, cuando se da dentro de una situación concreta del pueblo, exige mucho y produce en el hombre una reacción de miedo.

Esto fue lo que sucedió con Moisés; él busca huir de la misión que acaba de recibir y presenta varias excusas:

1. Se siente incapaz: "¿Quién soy yo?" (Ex 3,11). Piensa que no sirve para la misión que le encomienda Dios.

2. Fingió falta de conocimiento y dijo: "Ellos van a preguntar por el Nombre de Dios, y entonces, ¿qué voy a contestar? (Ex 3,13).

3. En tercer lugar puso como pretexto la falta de fe de parte del pueblo: "¡No me van a creer ni querrán escuchar mi palabra, sino que dirán es mentira! (Ex 4,1).

4. Insistió Moisés diciendo que no tenía facilidad de palabra: "Yo no sé hablar correctamente" (Ex 4,10). Todos estos motivos y pretextos, en el fondo, escondían el miedo de Moisés y su poca voluntad en comprometerse de hecho. Cada vez, Dios le contesta. Y la respuesta de Dios deja bien claro que no había motivo para tener miedo: "Yo estaré contigo".

5. Al final, Moisés habla claro y dice: "Por favor, Señor, ¿por qué no mandas a otro?" (Ex 4,13). O sea: manda a quien quieras, ¡pero no a mí!

Dios se enfada con Moisés y también habla claro: él tiene que ir; no hay excusa que valga (Ex 4,14-17). Este diálogo representa el camino largo y difícil por el que la persona humana va descubriendo, poco a poco, a través de la realidad, cuál es la voluntad de Dios para con ella. Como Moisés, muchos hemos pasado por este camino doloroso del descubrimiento de nuestra propia vocación.

El nombre de Dios es Yavé

En el diálogo, Dios aclara a Moisés el sentido de su nombre, Yavé.

En la primera respuesta a Moisés, Dios le dice: "Yo estoy contigo!" (Ex 3,12). Esta certeza debería ser suficiente para Moisés: ¡Dios está con él en su misión liberadora! Pero no fue suficiente. Moisés insiste en preguntar por su nombre. Y Dios le responde: "Yo soy el que soy!" (Ex 3,14). Esta expresión, propia del hebreo, retoma la expresión anterior: "Yo estoy contigo!", reforzándola. Diciendo "Yo soy el que soy", Dios afirma lo siguiente: "Moisés, certísimamente estaré contigo. ¡De esto tú no puedes dudar jamás! Esta es la gran seguridad que te doy!".

En seguida Dios añade: "Di al pueblo Yo soy me envía a vosotros" (Ex 3,14). Aquí, Dios abrevió la expresión. Y luego en seguida repite nuevamente: "Di al pueblo Él me envía a vosotros". En hebreo la expresión "Él es" es muy semejante a Yavé. Así, el nombre "Yavé" es explicado como una expresión de lo que Dios quiere ser para con su pueblo: una presencia segura y garantizada en medio de ellos para ayudarles a liberarse.

Dios quiere ser YAVÉ para con su pueblo. Esto es, quiere ser presencia liberadora. Y El dice: "Bajo este nombre quiero ser invocado de generación en generación" (Ex 3,15). A través de la historia del pueblo, tanto de ayer como de hoy, Dios fue dando pruebas concretas de que es realmente Yavé. La primera prueba fue la liberación de Egipto. La última prueba está siendo dada hasta hoy: la resurrección de Jesús, presente en las resurrecciones del pueblo.

Texto elaborado por el H. Ventura Pérez, miembro del equipo de animación comunitaria y espiritualidad de la provincia Meditarránea.