Cuantas veces hemos oído… “Yo no tengo nada contra los inmigrantes... pero primero hay que atender a los de aquí”. “Sí, yo acepto a los de otra raza o cultura, pero no está bien que ellos trabajen y los de aquí estemos en el paro”. “Hay que ayudar a los demás, pero sin que quiten el pan a nuestros hijos”…
Eso también pasaba en tiempos de Jesús. Mucha gente se acercaba a Él porque curaba, porque se decían cosas sorprendentes de él, porque era “famoso”... Y, casi todos, se acercaban a pedirle algo. Tanto es así que, cuando contemplamos esta escena, vemos cómo él intenta apartarse a Tiro, quedarse “de incógnito” en casa de algún amigo o conocido…
Y, sin embargo, una mujer llega ante él… Pero fijémonos en el perfil de la mujer (¡vaya currículum!): una sirofenicia, descendiente de los cananeos (ver Mt 15, 22)… ¿Sabemos el alcance de esto?
-Es una mujer, por tanto alguien de segunda categoría en aquella época.
- Es extranjera, pertenece a otro pueblo…
- Es pagana, su religión es distinta a la de los judíos
- Viene a pedir para otro, en este caso su hija, también mujer (ni siquiera para un hijo varón)
- Y, finalmente, pide que la salven del peor mal: estar endemoniada (¡a saber qué habrá hecho para acabar así!). Justo cuando los evangelios acababan de hablar de la multiplicación de los panes, y Jesús había echado un largo discurso sobre la pureza ritual y personal…
Así que aquí tenemos ante él a la más sucia, la más baja, la más pobre de las personas que se le podía presentar. La que no tiene ningún derecho (¿nos suena a algo de lo que pasa en nuestro mundo?). Y así se lo recuerda inicialmente Jesús: mujer, que tienes las leyes en tu contra; que eres extranjera, sin papeles, pobre, de poca categoría… que no eres de los residentes ni de los escogidos, del pueblo de Israel a quien yo me dedico…
Pero Jesús era todo corazón. Y al fin, por delante de los papeles y las leyes siempre pone a las personas… (Hay dos pistas en el texto que son como un guiño: dice que se dedicará a los de Israel “primero” (habrá otros después); y llama a los de fuera “perrillos” (siempre eran llamados perros y en el diminutivo hay algo de cariño…).
La mujer insiste (como todos los que piden, como todos los que necesitan). Reconoce que Jesús es “señor” y que él y los judíos tienen mucha autoridad y tienen la ley de su parte. Pero se humilla como ese perrillo que come las migajas. (Algunos dicen que esta frase recuerda al banquete de la multiplicación de los panes… pero, en todo caso, ¡cuánto se parece a nuestro mundo, y al papel de tantos empobrecidos que viven sólo de las migajas, de las sobras, de rebuscar en los cubos de basura…!)
Y Jesús responde con un acto de amor, de compasión, de cercanía que sana. Reconoce la fe de ella (que había empezado de oídas, como toda fe, Rom 10, 17); y la alaba (curiosamente Jesús cuando destaca la fe de alguien, siempre es de paganos, Mt 8, 10).
Así ha sido el encuentro, como en la escena de un anuncio de televisión: ella, la pobre, la excluida oye hablar de Jesús, le busca, se postra, reconoce su pobreza, pide… Y Jesús escucha, responde, se admira, alaba, y actúa.
Ella se arrodilla y él la levanta. Ella suplica y él responde. A la más pequeña, a la excluida y pobre, Jesús le reconoce toda la dignidad de la persona. Porque lo primero son las personas, sin importar que sean distintas, piensen distinto, sean de otra ideología, club o partido, o vengan de distinto lugar o cultura. Porque mi hermano nunca es alguien sucio o indigno o poco valioso.
Y tú, ¿aún te atreves a decir que tu hermano es extranjero?