“Al
llamarnos Hermanos, afirmamos que pertenecemos a una familia
unida por el amor de Cristo.Nuestro espíritu de familia
encuentra su modelo en el hogar de Nazaret. Está hecho
de amor y de perdón, de ayuda y de apoyo, de olvido de
sí y de apertura a los demás. Y de alegría”.
Constituciones Maristas, 6.
No sé si es pecar de simple, pero
buscando una definición de comunidad marista, los párrafos
anteriores la describen muy bien. Dos ideas claves:
· Vínculo: “unidos por el amor de Cristo”
· Modelo: “el hogar de Nazaret”.
Los hermanos maristas, somos personas
de las que andan por la calle, como los demás, como tú.
En un momento de la vida hemos sentido una “llamada”
a seguir a Jesús como María en su vida de amor
al Padre y a los hombres e intentamos alcanzar este ideal en
comunidad. Son ideas de nuestras Constituciones, 3.
No vamos a entrar en la dinámica
de la llamada, eso es otro capítulo.
En mis años jóvenes y, sin conocer mucho de los
maristas, una de las cosas que me llamó la atención
fue su estilo de vida, su forma de relacionarse entre ellos
y su presencia con alumnos. Yo me sentía muy a gusto
y les admiraba. Fue decisiva esta vivencia de cuatro años
como alumno, para tomar la decisión de iniciar el camino
para ser marista, hijo de Marcelino Champagnat.
Desde mi
experiencia de comunidad y de mi inquietud por hacer realidad
lo que Champagnat quería para nosotros, ¿qué
hay y qué queda?
Sigo buscando y luchando por una comunidad marista:
+ Consciente de que la formamos personas plurales, diversas
y heterogéneas en edades, procedencias, formación,
gustos... Pero con la disposición de hacer un caminar
en común y de crecer juntos según la tradición
marista encarnada en los inicios del siglo XXI.
+ Con un
estilo de vida sencillo y fraterno, donde la acogida y la hospitalidad estén llenas de espontaneidad, de sencillez, de aprecio
y de cariño. Nos amamos y amamos a los demás.
+ Enviados
por el Superior y con una misión en la Iglesia y en la
sociedad con atención preferencial a los jóvenes
más necesitados o abandonados. Vida no ajena a los dolores
del mundo, sino que en medio de ellos hemos de descubrir la
presencia del Dios de la esperanza y el consuelo.
+ Con deseo
de hacer visible el don de la fraternidad, siendo célula
de comunión fraterna y estímulo para los demás.
En este sentido estamos llamados a ser y suscitar empatía,
a despertar aspiraciones profundas, encender ilusiones. Algo
que atraiga, que encandile y hasta apasione porque evoca un
mundo donde la libertad y la felicidad signifiquen el quehacer
de cada día. Ser, en palabras de Pablo,: “fragancia
de Cristo”, perfume en consonancia con las inquietudes
de los jóvenes; estamos llamados a ser caminos donde
el apasionamiento por Cristo y los demás se plantee y
se resuelva, dejar cosas secundarias para optar por las fundamentales.
+ Una relación personal y comunitaria
con Dios. Partimos de sentirnos unidos por el amor de Cristo
y desde ahí vamos haciendo el camino. Es Él el
que nos ha convertido en instrumentos de su gracia y salvación.
Somos mediaciones por las que Él se manifiesta y se da
a conocer, “que al vernos te vean, Señor”.
Este
es el reto y la tarea, un proyecto para ser realidad en muchas
vidas: Tú puedes ser uno de ellos ¿por qué
no?